FILOMÚSICA

Revista musical de publicación en Internet
(crítica publicada el día 19-5-2013)

> TEMPORADA MUSICAL MADRILEÑA <

 

Five days later

Por Víctor Pliego de Andrés

Don Giovanni dramma giocoso de Wolfgang Amadeus Mozart com libreto de Lorenzo da Ponte. Reparto: Russell Braun, Anatoli Kotscherga, Christine Schäfer, Paul Groves, Ainhoa Arteta, Kyle Ketelsen, David Bižić, Mojca Ermann. Orquesta y Coros titulares del Teatro Real. Dirección musical: Alejo Pérez. Dirección de escena, escenógrafo y figurinista: Dmitri Tcherniakov. Cofigurinista: Elena Zaytseva. Iluminador: Gleb Filshtinsky. Director del coro: Andrés Máspero. Coproducción del Teatro Real, Festival Aix-en-Provence, Teatro Bolshoi de Moscú, y Canadian Opera Company de Toronto. Teatro Real de Madrid, del 3 al 24 de abril de 2013.

 

La programación del Teatro Real ha presentado dos títulos consecutivos de Mozart y Da Ponte, renunciando a la rotación que se suele esperar de un teatro como este. Además ha vuelto a recurrir al director de escena Tcherniakov, que repite tras su reciente y polémica producción de Macbeth presentada en esta misma temporada, el pasado mes de diciembre. Su nueva propuesta sitúa el mito de Don Juan, inspirado en Tirso de Molina, en el seno de una poderosa y degradada familia, tal vez mafiosa, modificando profundamente las relaciones que hay entre los personajes en el libreto original. El adulterio se convierte en incesto y el criado en un pariente pobre, entre otras muchas transformaciones que trastocan completamente la trama. Del espectro no hubo ni sombra (como tampoco de las brujas en Macbeth), y don Juan muere al golpearle contra un mueble. La idea resulta discutible y, en varios momentos, inverosímil, pues limita la interacción de unos personajes que los intérpretes no llegan a comprender. Los enredos se convirtieron en una ceremonia confusa protagonizada por gentes horribles, perversas y alcoholizadas. Las finas sonrisas de humor bufo se tradujeron en muecas grotescas. Una vez más, parece que el director de escena ruso se sintiera incómodo con este libreto dieciochesco, basado en el mito del libertino, y deseara cambiarlo por otro más moderno, realista y sórdido. Sin embargo, como los clásicos venden y atraen mucho más público que los estrenos, no resulta fácil renunciar a ellos. Las entradas se vendieron bien. La “modernización” se completa con violentas y dramáticas caídas de una cortina negra, sobre la que se proyectan acotaciones que van marcando el paso del tiempo, cortan la acción y terminan por resultar tan reiterativas como fatigosas. A partir de cierto punto, rumores en la sala empezaron a acompañarlas.

Los esfuerzos destinados a modernizar la pieza quedan frustrados y parecen superiores a los que se han dedicado a trabajar la parte musical y la parte vocal, resuelta gracias a la profesionalidad de los cantantes. Los recitativos, llevados con parsimonia, muestran la parte más débil del trabajo interpretativo. Estuvieron acompañados por un instrumento de afinación y naturaleza dudosa (fortepiano dice el programa de mano). El reparto fue solvente, pero muy poco equilibrado y mostró un evidente desconcierto. Los personajes femeninos estuvieron mejor interpretados que los masculinos. Christine Schäfer cantó con tino el papel de donna Anna; Ainhoa Arteta hizo una donna Elvira potente pero algo desabrida; y Mojca Erdamnn fue una Zerlina de forzadas ligerezas. El don Giovanni de Russell Braun se quedó evidentemente corto; el Leporello imposible de Kyle Ketelse me pareció errático; el Masetto de David Bižić resultó ininteligible a pesar de su bonito color; y el Ottavio de Paul Groves se mostró irregular.

La orquesta hizo un buen papel desde la obertura, dirigida con nervio por el maestro Alejo Pérez, que marcó todo con una articulación en staccato buscando, probablemente, un ajuste que no siempre encontró. Consiguió ligereza sin llegar a alcanzar la luminosidad pizpireta que los compases de Mozart sugieren ni tampoco, en su momento, el debido dramatismo. Seguramente influyó en ello la lectura escénica de la obra. La producción contó con una excelente realización plástica que cobró vida con variados efectos de luz. La escenografía consistió en un salón lujoso y forrado de maderas, muy bien construido y maravillosamente iluminado, que sirvió para toda la función actuando como caja acústica, lo que facilitó la proyección de las voces. Los intérpretes vistieron trajes vintage, oscuros, rutinarios y vulgares. Como fue aposta, no debe tratarse de ningún error, sino de un elemento más de la pretendida sordidez. Lo que más cabe destacar de toda la producción fue la exquisita iluminación Gleb Filshtinsky. A pesar de todo, la magia de Mozart y da Ponte se hizo notar, aunque fuera mezclando los recuerdos de otras producciones gloriosas con las contradictorias sensaciones que esta despierta. Por todo ello, hubo polémica y produjeron algunas notables protestas en las funciones. Aunque tal vez también era lo que se pretendía. Desde luego, la programación del Teatro Real está consiguiendo no dejar a nadie indiferente.

Foto: Javier del Real

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