FILOMÚSICA

Revista musical de publicación en Internet
(crítica publicada el día 6-6-2013)

> TEMPORADA MUSICAL MADRILEÑA <

 

Deconstrucción barroca

Por Víctor Pliego de Andrés

Viento (es la dicha de Amor), poema lírico sobre el deseo, basado en la zarzuela de Antonio de Zamora. Música de José de Nebra. Dramaturgia de Andrés Lima a partir de poesía amorosa española de los siglos XVII al XXI. Reparto: Yolanda Auyanet, Clara Mouriz, Beatriz Díaz, Ruth González, Gustavo de Gennaro, Mercedes Arcuri, Alberto San Juan, entre otros. Orquesta Barroca de Sevilla. Coro del Teatro de La Zarzuela. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela. Madrid, 17 a 31 de mayo de 2013. Dirección musical de Alan Curtis. Dirección de escena de Andrés Lima. Director del coro: Antonio Fauró. Escenografía y vestuario de Beatriz Sanjuan. Iluminación de Valentín Álvarez. Coreografía de Sol Picó

 

El Teatro de la Zarzuela ha presentado una producción de Viento es la Dicha de Amor, una zarzuela de José de Nebra estrenada en 1753. La producción parecía una de las habituales recuperaciones del patrimonio histórico que suelen salpicar las programaciones de los teatros públicos. Sin embargo, una advertencia anunciaba el montaje, firmado por Andrés Lima, como “poema lírico basado en…”. Efectivamente, lo que nos hemos encontrado en el escenario ha sido una propuesta de teatro moderno, acompañado de la estupenda música de Nebra.  

 

El espectáculo ha sido ruidosamente protestado por el público, incómodo con este lenguaje teatral moderno o, tal vez, molesto por el chasco al ver que la función no se correspondía con lo que se había imaginado. Algunas protestas se podrían haber evitado destacando más en la publicidad la modernidad del montaje. Andrés Lima no solo cambia el tiempo y escenario de la acción, sino que sustituye todos los parlamentos y recitados por una selección de poesía amorosa española de los siglos XVII a XXI que los artistas declaman con escasa convicción. Si los argumentos del siglo XVIII pueden parecer complejos, el resultado de esta intervención hace que la función sea aún más críptica. Las zarzuelas del siglo XVIII resultan difíciles para el público de hoy en día, y es frecuente que se modernicen para hacer el texto más comprensible y la acción más dinámica. En este caso, la intervención no ayuda nada a la buena inteligencia de lo que ocurre, sino todo lo contrario. El estatismo trata de compensarse con unas coreografías constantemente presentes en escena, pero cuya eficacia resulta también muy discutible. Sus movimientos compulsivos, animalescos y nerviosos terminan por resultar muy agobiantes y desconcertantes. Se utilizan otros muchos medios, pero la participación de solistas, orquesta, coro, actores y bailarines no está bien encajada; no hay integración de los distintos gremios ni interacción lógica, sino una confusa y heterogénea superposición de elementos.

 

La acción se sitúa en un balneario alpino que sirve de escenario único para unos enredos amorosos que terminan convertidos en una bacanal, que incluye algún desnudo masculino, lo cual excitó aún más a los irascibles. El comienzo, con quince minutos de sutiles movimientos y voces antes de que arranque la música, enfría al público, que tose desaforadamente, mostrando en ello su disconformidad. Igualmente el final se propone, tras tres amagos un poco irritantes, como un desvanecimiento progresivo que da ocasión a los disconformes a preparar sus protestas finales con mayor fuerza. Los personajes, vestidos de manera muy uniforme, resultan poco reconocibles, salvo el desdichado Amor, que aparece disfrazado como Marilyn recurriendo a un tópico frecuente en la iconología de la ópera moderna.

 

La Orquesta Barroca de Sevilla realiza una labor excelente, completamente ajena a lo que acontece en la escena. Su buen hacer, su altura artística, sonoridad y criterio la convierten en el mejor valor de toda la producción, aunque quede claramente desaprovechada en la concepción general del espectáculo. La orquesta supera con creces una dirección musical rutinaria, a cargo de Alan Curtis. El coro está infrautilizado, aunque resuelve muy bien una bella entrada cantando desde las cajas. Las arias son bellísimas, pero emergen como islas exuberantes en un mar de confusión, mientras los cantantes parecen perdidos en medio de todo este caos. Para poder deconstruir un espectáculo barroco, hay que empezar por comprenderlo en profundidad. Solo desde esa perspectiva cabe asumir el riesgo de convertirlo en algo nuevo y distinto como aquí se ha pretendido. Hacerlo sin el debido respeto y comprensión, conduce a resultado como este, donde el parasitismo artístico no mejora ni enriquece la obra original. Parece obvio que el director de escena no conoce este repertorio, ni le gusta nada, ni se siente cómodo con él, y todo ese sentir se transmite claramente a un público muy incomodado.

http://teatrodelazarzuela.mcu.es