Veintiocho festivales

           

El AVE llega a Alicante y el Festival de Música se marcha. Ha sido un festival muy longevo, pero este año no celebrará su vigésimo novena convocatoria. No era un festival para grandes masas, pero reunía en septiembre a lo más granado de la música española contemporánea, en torno a variados conciertos que incluían estrenos mundiales. Lo organizaba el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea, del Ministerio de Cultura. Hace tres años la entidad se “transformó” en el Centro Nacional de Difusión Musical, “diversificando” sus actuaciones y acabando con la exclusividad de “lo contemporáneo”. Fue algo más que un cambio de nombre. Dicen que el viejo festival se incorpora al ciclo “Alicante Actual”, que pretende “adaptarse a la demanda del público”. Mientras el ministerio emplea eufemismos increíbles como “expansión”, “diversificación” o “ampliación de la oferta”, lo cierto es que el apoyo institucional a la música se reduce con la coartada de la crisis financiera. Los políticos tratan de esconder, inútilmente, sus verdaderas actuaciones y motivos empleando palabras impropias. Una iluminada autoridad del ramo cultural declaró hace no mucho que “el arte depende del mercado”, adorando al becerro de oro y cuestionando, en plan suicida, la razón de su empleo y salario. La cultura está en manos de algunos de sus más acérrimos enemigos, como tantos otros sectores de la gestión pública. El Festival de Alicante fue un referente en círculos especializados y una tribuna anhelada por los compositores. Su final empobrece nuestro panorama cultural y alimenta el festín del consumismo más voraz. Aunque la música contemporánea sea para pocos, los valores que anima favorecen a todos. La música contemporánea aporta gotas, pequeñas pero vitales, de creatividad, imaginación, tolerancia y progreso cuyos efectos son tan incuestionables como inciertos, pues solo el paso del tiempo revelará todo su alcance. La pérdida de este pequeño ecosistema constituye un preocupante augurio, especialmente para los obtusos gobernantes alzados por su soberbia por encima del arte, de la razón, del sentido común y de la cultura. Platón ya nos advirtió que es imposible cambiar los modos de la música sin conmover profundamente los cimientos del estado. El edificio tiembla y se desmorona, pero la música seguirá sonando en muy distintas formas.

 

Víctor Pliego de Andrés

Periódico ESCUELA

27 de junio de 2013